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Número 12 - Diciembre 2017
Cuando no se instala la latencia:
Niños hiperexcitados sexualmente

Joseph Knobel Freud

La necesidad de revisión y continua adaptación a los nuevos contextos sociales de los principios psicoanalíticos formulados por Freud hace ya más de 100 años es, sin duda, un imperativo de nuestro trabajo y labor como psicoanalistas y difusores del psicoanálisis.

Es en esta dirección en la que me propongo cuestionar y debatir  la vigencia del período de latencia.
A partir de una serie de viñetas de la clínica actual en las que la latencia no se instala vemos una serie de síntomas en los niños que giran alrededor de una hiperexcitación sexual.

Freud (1905) describe  el período de latencia como el momento en el que “se edifican los poderes anímicos que más tarde se presentarán como inhibiciones en el camino de la pulsión sexual y angostarán su curso a la manera de unos diques (el asco, el sentimiento de vergüenza, los reclamos ideales en lo estético y en lo moral).”

Agrega  Freud que estos diques que son tan importantes para el crecimiento del individuo civilizado emergen a costa de sus impulsos sexuales infantiles,  cuya energía es disociada de su uso sexual hacia otros fines a través del proceso de sublimación.
Desde los tres ensayos en adelante, para Freud el período de latencia sería lo esperable después de la disolución del complejo de Edipo.
Siguiendo la perspectiva freudiana se deberían dar una serie de factores para que la perversión polimorfa de las pulsiones parciales quede atrapada bajo los efectos de una represión exitosa, entendiendo  a la represión como un mecanismo  relacionado con la habilidad para contener el impulso a la realización inmediata del deseo.

Entre los remanentes de períodos previos sobre los cuales se instala la represión  podemos destacar las características  de un tipo de disociación descripta por R.Zac de Goldstein (1971): “Se estructura un mundo espiritual, bondadoso, alimentador, bajo la primacía oral y el control con severos mecanismos obsesivos, donde no existe o se evita la analidad, la sexualidad y los impulsos agresivos que quedan adscriptos al otro mundo, poblado por objetos de la sexualidad y la agresividad a todos los niveles , mundo carnal, material, sexual, excitante, deseado y temido y denigrado como conjunto”.

Podemos acordar con G.Rosenthal(1975): “Esto genera la angustia latente de los latentes: el temor a que se mezclen y contaminen ambos mundos”.
Pero lo que nos encontramos en la clínica actual de los niños aparentemente latentes es que ya no está esta disociación, probablemente porque tampoco se instaló la represión necesaria, los niños no entran en la latencia porque  las fases previas de evolución de la libido no terminan de estar latiendo, manifiestas, en su vida cotidiana.

En el segundo de los tres ensayos “La sexualidad infantil” Freud (1905) nos alerta: “Resulta evidente que no se requiere de la seducción para despertar la vida sexual del niño, y que ese despertar puede producirse también de forma espontánea a partir de causas internas”. Nos está alertando de los peligros de la seducción,  ya que aparece como obvio que ésta despierta la vida sexual de los niños. Ahora podríamos decir: ¡No sólo la despierta, es que no la deja dormir!

Tomemos el tema de dejar dormir: en la clínica actual con niños descubrimos que la hora de dormir es un permanente juego de intercambio de lugares que no hacen más que confirmar nuestra hipótesis: ¿Cómo dormir/ aplacar/ reprimir  las pulsiones edípicas  que se despiertan si el niño puede dormir con uno u otro progenitor sin que medie ninguna ley que regule estos lugares? El co-lecho es una práctica bastante extendida, sin dejar de mencionar los beneficios secundarios de muchas fobias infantiles: conseguir dormir con mamá dejando a papá en el sofá o en la misma cama del niño.

Cuando nos encontramos con estos casos la respuesta suele ser bastante generalizada: “Pobrecito”, “se la está pasando muy mal”, y un largo etc. que da cuenta de la incapacidad de los padres para poner un límite a sus propias pulsiones parciales y a las de sus hijos. En este sentido sigue vigente Freud (1905) cuando en los Tres Ensayos nos advierte: ”Ahora bien: si la madre conociera mejor la gran importancia que tienen las pulsiones para toda la vida anímica, para todos los logros éticos y psíquicos,.... Cuando enseña al niño a amar, no hace sino cumplir su cometido; es que debe convertirse en un hombre íntegro, dotado de una enérgica necesidad sexual, y consumar en su vida todo aquello hacia lo cual la pulsión empuja a los seres humanos.  Sin duda, un exceso de ternura de parte de los padres resultará dañino, pues apresurará su maduración sexual; y también «malcriará» al niño, lo hará incapaz de renunciar temporariamente al amor en su vida posterior, o contentarse con un grado menor. Uno de los mejores preanuncios de la posterior neurosis es que el niño se muestre insaciable en su demanda de ternura a los padres; y, por otra parte, son casi siempre padres neuropáticos los que se inclinan a brindar una ternura desmedida, y contribuyen en grado notable con sus mimos a despertar la disposición del niño para contraer una neurosis. Por lo demás, este ejemplo nos hace ver que los padres neuróticos tienen caminos más directos que el de la herencia para trasferir su perturbación a sus hijos“.

Y este famoso párrafo nos sirve también para ejemplificar lo que sucede con los espacios de intimidad y la visión de la desnudez corporal en los tiempos de la infancia. Sigue siendo frecuente que la sorpresa sea de los padres cuando los terapeutas nos esforzamos en hacerles entender que la visión de los genitales de los adultos puede ser una situación traumática para el niño. Los padres consultantes comienzan a sospechar de cierta mojigatería en la actitud del terapeuta, cuando no despliegan sus propias formaciones reactivas para dar cuenta de un síntoma de ellos que vuelve a dar cuenta de la falta de límites en el espacio familiar contemporáneo.
Esto equivale a demandas narcisistas parentales que proyectan un narcisismo irrestricto en los niños, evitando el trabajo parental de la educación. Puesta en juego de una fantasía “pseudoliberal”, que además coincide con un discurso social de nuestra cultura. Este discurso de la cultura actual, en todas sus instancias efectivas, tiende a producir un sujeto consumidor, y fundamentalmente, consumidor de placeres con poca restricción. La renuncia al amor, que le sería imposible al futuro adulto así criado, es más consecuencia de un sobreinvestimiento narcisista, que impide el trabajo de amar.

No se trataría entonces de amor, porque el amor, como trabajo inherente a lo pulsional, se quedaría fijado a los impulsos de dominio y de poder, desconociendo el trabajo del yo de realidad definitivo que señala Freud. Estaríamos enfrentados así, a la institución promovida por un discurso social, de organizaciones de personalidad predominantemente narcisistas, que se relacionan con el otro semejante como si fueran objetos de posesión y dominio, pero que desconocerían el trabajo del amor, que supone, por lo tanto, una renuncia narcisista en beneficio de un cuidado y un respeto por el objeto.  El yo ideal no se sentiría solicitado a efectuar renuncias.

La frase “es que usted no vivió el franquismo, o la rigidez de las monjas que nos hacían ir tapadas” en cualquiera de sus versiones habla por sí sola de este exhibicionismo que no hace más que mantener no latentes las pulsiones parciales de la sexualidad infantil; siguiendo a Freud (1905): “Sobrevenida la represión de estas inclinaciones,  la curiosidad de ver genitales de otras personas (de su propio sexo o del otro) permanece como una presión martirizante, que en muchos casos de neurosis presta después la más potente fuerza impulsora a la formación de síntoma.”

Los padres no se identifican como padres, asumiendo las diferencias generacionales, sino que operarían desde identificaciones adolescentes e incluso infantiles.  Todo esto habla claramente, de un deseo de venganza, reactivo, proyectado, haciendo que el niño goce de lo que el adulto no gozó. Estos padres se apoyan en una identificación lograda como afán de sentirse partícipes de una nueva era sin prohibiciones, confundiendo totalmente sus deseos, haciendo libertinos en lugar de sujetos libres.

En la época en  que Freud nos apuntaba los excesos del afuera como factores que no permiten una correcta instalación de la represión sexual, no debía poder imaginar que 100 años más tarde uno de los programas televisivos más vistos en todo el mundo sea “Gran Hermano”, gran escaparate de una sexualidad adolescente acorde con los tiempos que corren, los tiempos que van tan deprisa, la sociedad de la inmediatez, que promueve una sexualidad marcada por la desafectivización. Las relaciones dejan de ser afectivas para ser efectivas y se cuentan como trofeos más que como logros o capacidades personales. Gran hermano es el paradigma, pero no se quedan atrás series españolas tan vistas en la actualidad como “Física o Química” donde la representación de un Instituto de Secundaria promociona la diversidad en los encuentros sexuales como un valor, sin llegar a tocar en ningún momento, la posibilidad de la emergencia de afectos.

Como las dificultades en la puesta de límites es una de las características de la paternidad contemporánea la televisión pasa a ser un invitado de excepción en la familia, se le otorga un lugar especial en la vida familiar y se permite con excesiva frecuencia que los niños vean estos programas. Un niño enurético de 11 años estaba muy preocupado ante la inminente llegada de las colonias del cole y comentó: “No voy a poder jugar la noche del edredoning”, comentando a continuación que todos los niños ya esperaban con ansiedad la famosa noche del “todo puede pasar debajo de un edredón”. Una gran idea prestada por la televisión para fomentar en los niños que aquello que llamábamos la fantasía de la escena primaria, deja de ser una fantasía para pasar a ser una posible realidad, donde además el niño no es el tercero excluido sino un activo y excitado participante.

El papel de la televisión y el conjunto de los medios, además de las ofertas de todo tipo que brinda la industria, hace las veces de una instancia parental más poderosa, a la que los padres suelen plegarse para sentirse “pertenecientes” a este mundo y “no ser menos que los otros”, influídos por la fantasía de quedar relegados de esta mundaneidad, o despreciados como sujetos a otro tiempo. El mensaje televisivo y de los medios es pervertisante. Se trata de ganar consumidores. Y en este caso, el sexo se ha vuelto para el presente, un objeto más de consumo, con una parafernalia producto del marketing, que lo instituye en un plano de meta “a la carta” para lograr sentirse “alguien”, como la ropa, las costumbres, las modas, etc. La televisión no es solamente algo para “ver”, sino también para “mirarse”, y “compararse”, Estamos en el plano de la constante excitación.

Una vez apuntadas estas cuestiones más teóricas y bastante generalizadas, querría comentar unos casos más concretos que me llevan a mantener la hipótesis de que la latencia ya no se instala, al menos no del modo que lo formula Freud en Los Tres Ensayos.

Poco antes de comenzar las vacaciones de verano, recibo una llamada urgente de unos padres: su hijo menor , Jaume, de cinco años de edad, mantenía una pelea con su hermano dos años mayor que él: éste fue a tocarle el pene y Jaume le respondió:”Ahí no puedes tocarme, mi pito es de Ricardito”. La madre estaba en la escena y alertada por lo que acababa de escuchar intentó sacarle más información a Jaume: “Le prometí a Ricardito no decirle nada a nadie, mi pito es suyo y el suyo es mío, me dijo que si se lo contaba a alguien me obligaría a casarme con él…Nos chupamos los pitos a la hora del recreo desde hace mucho tiempo”.Frente a tal información la madre se lo contó al padre y ambos acudieron asustados a una entrevista con la directora del centro educativo quien, para tranquilizarlos, les dijo que eso era sólo “juegos de niños” y que no debían alarmarse.

Una de las múltiples funciones de un terapeuta de niños en la actualidad es la de poder intercambiar información con las diferentes personas que rodean el mundo del niño: la “tranquilizadora” frase de esta directora me llevó a hablar con ella. Su respuesta fue contundente: “Los niños juegan a estas cosas y ustedes los psicoanalistas tienden a exagerarlo todo”. Los padres de Jaume intuían que la directora no tenía razón: los niños (¿latentes?) no juegan en la hora del recreo a hacerse felaciones en el baño; tampoco es normal la amenaza de Ricardito, parece formar parte del “nuevo desorden familiar”(E.Roudinesco) y su mayor preocupación era que las prácticas realizadas con Ricardito (dos años mayor que él) lo llevarán directamente a la homosexualidad.

Estos padres no se equivocaban en lo que respecta a lo poco normal del juego de su hijo con su amiguito: la madre quería denunciar al colegio por no vigilar lo que ocurría en los lavabos ala hora del patio; mi intervención con la directora sirvió para que ésta, a pesar de sus quejas, investigara sobre la vida del otro niño, donde se descubrió rápidamente que Ricardito sufría abusos sexuales por parte del abuelo que lo cuidaba, y el padre de Jaume pudo trabajar en las entrevistas conmigo el miedo que se había instalado en él: su hijo sería homosexual por haber padecido estos abusos en este momento de su vida. Mientras,  la madre insistía en querellarse contra el colegio, como una forma de desplazamiento para no pensar en sus propios fallos dentro de la dinámica familiar.

 En estas entrevistas que se plantearon con los padres (no me pareció pertinente ver a Jaume de entrada) se pudo trabajar todo esto y constatar que el hermano de Jaume era un enurético primario que mantenía a toda la familia alrededor de su síntoma, sacando y limpiando sábanas a la madrugada y cambiando a todos de cama y de lugares dentro de la familia. El lugar del padre era totalmente nulo, y todo lo que tenía que ver con una prohibición o límite estaba fuera de la dinámica familiar.

El episodio de Jaume en el colegio funcionó como un disparador que permitió consultar e intentar comenzar a construir alguno de esos diques de los que Freud hacía mención ya en 1905. Para que haya latencia algo tiene que quedar latente, si nada se reprime la sexualidad polimorfa más típica de los primeros años de vida se instala como funcionamiento permanente en el psiquismo infantil. En este caso la enuresis del hermano mayor se puede entender como un intento, fallido, de reprimir sus fantasías sexuales edípicas. Ni Jaume, ni su hermano, pueden ser considerados niños latentes.

Este caso, como muchos otros, abre toda una línea de debate alrededor de los procesos típicos esperables de la latencia. Estos niños pueden estudiar, es decir, poner cierta cantidad de energía mental al servicio de la sublimación y la simbolización.

La cuestión sería ¿es esto realmente así? Acaso este tipo de situaciones, la imposibilidad de hacer una latencia, no explica las problemáticas que bajo el epígrafe de patologías actuales nos encontramos en los niños de hoy? La hipótesis es que más de un conflicto bastante típico en la infancia puede ser producto de este exceso de sexualización que impide la puesta en marcha de la represión necesaria para que se instale la latencia.

Así vemos trastornos del aprendizaje que van desde la falta de atención y concentración y la hiperexcitación motriz, tan de moda de ser categorizada por los laboratorios como trastorno de atención (con o sin hiperactividad);  u otro tipo de dificultades de aprendizaje que posiblemente hacen que la función de la escuela como organizador social y encauzador de las pulsiones parciales reprimidas fracase. En muchos casos hay fracaso escolar porque hay fracaso de latencia: hiperexcitación sexual no reprimida.
 

Hablo de hacer una latencia porque considero que es un trabajo que el yo del niño debe enfrentar y que muchas veces se lo debe ayudar para poder hacerlo. En este sentido coincido con los autores que proponen a la latencia no como un período o etapa, sino como un trabajo que lleva un gran esfuerzo y debe realizarse hasta bien entrada la adolescencia (y habría que pensar si no toda la vida); según R.Urribarri (2000): “La nueva organización que se gesta es derivada del esfuerzo psíquico  que debe encarar el yo para acallar la expresión sexual directa, y lograr que lo que al principio es básicamente ejecutado por los procesos defensivos (represión, formación reactiva) progresivamente posibilite afirmar la inhibición de meta y la descarga pulsional mediante la sublimación.”

Se trata de “un trabajo de latencia”, es decir, de una tarea del aparato anímico del sujeto, necesario para preparar la disposición de los diques anímicos para el trabajo siguiente, el de la resignificación de las huellas de la sexualidad infantil a partir de las modificaciones corporales de la pubertad, que se entrelaza en la adolescencia. Esa sexualidad en dos tiempos no debe dejarnos de rescatar el trabajo necesario de la latencia, que justamente coincide con un relajamiento de los lazos amorosos y hostiles, que despoja de su carácter pasional los investimientos y organiza al yo, permitiéndole la entrada en procesos de sublimación.

Es acorde con esto (y no resulta casual) que dichas transformaciones del primer sepultamiento del complejo de Edipo, dan lugar a los efectos de transformación del yo que dan lugar a la entronización del superyo como instancia psíquica. Allí se modelan los rasgos de carácter como primeras transformaciones efectuadas sobre el mundo pulsional, rebajando su intensidad. Allí también influye la educación. Y sobre todo, la incidencia de la educación brindada en el seno de la familia. El “malcriar” parece implicar un singular investimiento narcisista por parte de los agentes parentales, investimientos correspondientes a demandas insatisfechas de un yo ideal, un “his majesty the baby” sin restricciones.

Cuando este trabajo no se puede hacer nos encontramos con una organización de la personalidad basada en lo defensivo y sus fallas notorias, dificultad para tolerar la demora y  la frustración así como la confrontación con límites (en el propio sujeto o en el mundo exterior); muy poco desarrollo de los procesos secundarios del pensamiento, del lenguaje y escasa capacidad sublimatoria, con todo lo que esto conlleva.

Según la bibliografía clásica sobre el período de latencia, parecería ser que la única manera de pasar por ella (pongo el acento en pasar y no en entrar) es enfermando; construir una buena neurosis obsesiva permitiría pasar por los requerimientos típicos de la edad y lograr que este pasaje sea más o menos satisfactorio; así los controles obsesivos permiten a los niños desarrollar determinados mecanismos adaptativos, como el establecimiento de una capacidad motriz cada vez más refinada, lo que permite aprender a escribir (entre otras cosas).

Podemos apreciar la puesta en marcha de estos mecanismos obsesivos en estas edades porque es aquí cuando surgen los juegos donde existen secretos y escondites, como equivalentes de un refugio en lo latente, es decir aquello que queda oculto por el propio cuerpo a la mirada del otro, tal como ocurre con la zona anal. El coleccionar en todas sus acepciones también es una manifestación equivalente, implica mantener guardados y controlados ciertos tesoros.

Se trata de pasar por los momentos de la infancia que requieren un esfuerzo de socialización, ya que es en estos momentos cuando el niño va a tener tres tipos de relaciones con los que tendrá que establecer vínculos muy diversos: el primer vínculo proviene de etapas anteriores y se prolonga, es el de la relación con los padres y sustitutos. El segundo es con la escuela y lo que ésta representa como organizadora de normas y de introducción en la cultura. El tercero es con el grupo de pares: ahora por la entrada en la escuela el niño se encuentra con que tiene que lidiar con sus iguales; para algunos autores la relación con los pares constituye la mejor defensa contra los conflictos por las pulsiones incestuosas y por sus derivaciones en el desafío a las normas institucionales escolares. Pero, ¿y si en el grupo de pares se encuentran con niños aún más excitados sexualmente que ellos como el caso que hemos visto? O en otros casos que se nos presentan en la clínica.

Una niña de 10 años es traída a la consulta porque la pillaron en el baño del colegio haciendo felaciones a sus compañeros de clase, actos por los que cobraba de uno a cinco euros según el caso. Cuando se le preguntó a esta niña por su conducta dijo que lo hacía porque lo había visto en el ordenador del padre: “Mi papá tiene en su ordenador un montón de señoras que hacen eso y le debe gustar mucho porque las ve muy a menudo….”Cuando se le preguntó porqué cobraba dijo: “Eso no fue idea mía, me lo dijo Fulanito porque dice que los chicos pagan por esas cosas y así nos compramos chuches para el recreo.”

Un padre que deja pornografía en su ordenador al alcance de su hija, muchos padres que ven junto a sus hijos productos televisivos de dudosa calidad y de una intensa capacidad excitatoria; padres que se exhiben desnudos con argumentos políticamente correctos, espacios de intimidad rotos, puertas que se pueden abrir en cualquier momento.
Los “abusos” sexuales provienen del medio. No solamente se trata de la clínica, sino de todo un malestar de la sociedad queencuentra en la violencia uno de sus vértices más eficaces. La sociedad está violentando los crecimientos y las construcciones subjetivas de nuestros niños y adolescentes, con una violencia que ejerce efecto traumatizante y dislocalizante en la serie de las filiaciones.

Podemos afirmar que lo que está en juego, lo que se niega y hasta se desmiente es la diferencia generacional. La diferencia generacional es algo que tiene que darse para que a continuación puedan  darse las condiciones necesarias para un posible hundimiento del complejo de Edipo: la prohibición del incesto y el complejo de castración.

“La percepción por parte del niño de su impotencia infantil para satisfacer al adulto implica reconocer un nuevo espacio intermediario que lo separa de la relación narcisista confusional –de carne e intercambio de líquidos corporales-que tiene con el objeto primario.” (Sapisochin 2009). La idea de la importancia de la diferencia generacional ya la propone Jones en 1913 (“La fantasía del trastocamiento de las generaciones”.E.Jones,1913)

 “La desmentida, propiciada por los propios padres, de esta brecha generacional, no sólo no permite la disolución edípica sino que, al producir trastornos en la estructuración triangular de la mente, afecta directamente a la génesis de los procesos de pensamiento: procesos altamente necesarios para las posibilidades sublimatorias y, por lo tanto para la supuesta entrada en la latencia.” (Sapisochin, 2009)

Lo que vemos en la clínica actual son niños que tienen que cuidar de sus padres porque ellos no se presentan ante sus hijos como adultos deseantes de su condición de adultos, capaces de poner un freno a pulsiones parciales que los alejarían de una posición más narcisista con sus propios hijos. Esta podría ser una explicación de las fobias en la infancia.

Para Winnicott: “"...allí donde esté presente el desafío de un joven en crecimiento debe haber un adulto dispuesto a enfrentarlo. Lo cual no resultará necesariamente agradable. En la fantasía inconsciente, éstas son cuestiones de vida o muerte".

En la mitología griega, Lete, la hija de Eris --personificada por lo general como diosa de la discordia-- dio su nombre al manantial del Olvido, que más tarde se convirtió en la laguna Lete o río Leteo, en cuyas aguas los muertos bebían para olvidar su vida terrestre y no tener recuerdos de ella. Las almas que retornaban a la vida, ya con un nuevo cuerpo, volvían a beber del río Leteo para olvidar lo que habían visto en el mundo de las sombras. El nombre de Lete proviene del verbo lanthano ‘olvidar’, ‘esconder’, y de aquí sus derivaciones hasta llegar a latente, lo escondido.

Acordes con los nuevos tiempos, todo parece indicar que las aguas del río Leteo son muy escasas o se han agotado. Hay sequía de olvido.

El psicoanálisis actual se enfrenta con el reto de crear nuevos diques para recuperar los pantanos del olvido y  la represión y no dejar que la infancia sea un permanente latir de pulsiones parciales que buscan a cualquier precio sus caudales de salida.

 

Bibliografía

CHASSEGUET-SMIRGEL, J.(1984), “The Archaic Matricx of the Oedipus Complex”, en Sexuality and Mind, Karnac, Londres, 1985

FREUD; S.(1905), Tres ensayos de Teoría Sexual. Obras Completas. Vol.VII. Amorrortu Editores. Buenos Aires. 1978

ROSENTHAL, G.(1975) “El período de latencia”. En Revista APA, Bs. As., junio 1975, Tomo XXII, N° 2.

SAPISOCHIN, G.(2009)”My heart belongs to Daddy”.Algunas reflexiones sobre la diferencia entre generaciones como organizador de la estructura triangular de la mente” En Revista APA, Bs.As. septiembre 2009, tomo LXVI, Nº3.

URRIBARRI, R.(2000) “Patologías en la Adolescencia y su relación con la latencia”, en Revista APA, Bs.As. junio 2000, Tomo LVII, Nº2

WINNICOTT, D W.(1989) Psychoanalytic Explorations; Karnac Books,Londres, 1989.

ZAK DE GOLDSTEIN, R.(1971) “Demián. La adolescencia vista por Hermann Hesse”, “Adolescencia”, Aberastury et al. Kargieman, Bs.As., 1971
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